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Fronteras.

Jueves, 26 de Agosto de 2010

Hola Carlos

¿Cómo estás? Mamá se ha casado, se ha enamorado de un señor y el veintitrés de Octubre se casó con él, a mi me tocó llevar los anillos, me puse bastante nerviosa al hacerlo. Ha pasado otra cosa, recibimos una carta (de esas que tienes que firmar para poder leerla) que nos decía que papá había muerto. Parece que se cayó desde una de las fachadas que arreglaba. Estamos todos muy tristes, lo incineramos (como él quería) hace tres días, y usamos la mitad de las cenizas para abonar los bonsáis y la otra mitad la mezclamos con la tierra del terrario de hormigas. Era tan raro como tú.

Mamá te envía besos. Te echa mucho de menos, siempre protesta y pregunta porqué te has ido tan lejos y porqué es tan difícil ir hasta allí. Le gustaría saber cómo, aunque se tarde una semana dice que lo haría. Tienes que enviarme unas instrucciones de cómo se llega, y respóndeme algún día, que todavía no he recibido ninguna carta tuya. Espero que recibas las mías y estés bien, déjanos hacerte una visita ¿vale?, es que me estoy olvidando poco a poco de como es tu cara. Mamá llora cuando hablamos de ti así que ahora nadie dice nada si mamá está cerca. Cuando no está hablamos de cómo te irá, dónde estarás, si estarás bien… ¿estás bien? Me gustaría que al menos me responderás a mí, que soy la única que te ha enviado cartas todos los meses.

Mi profesor de piano dice que (me gusta un poco) “Todo pasa por algo, si Beethoven se quedó sordo era porque la 5ª la tenía que componer así, sino le habría quedado como una mierda.” así que si te has marchado será porque después hará que pase algo súper bueno que solo podrá pasar si has estado donde sea que estás.

El novio de mamá es muy simpático, habla mucho conmigo, bueno, con todo el mundo habla mucho, no para. La tía se ha enfadado con mamá, dice que está loca por haberse casado tan rápido y que Jesús es malo. Yo creo que si se ha casado es porque está enamorada de Jesús, así que yo no digo nada. A Rubén tampoco le gusta que mamá se haya casado, está enfadado con ella desde que mamá le dijo que se casaba. Espero que se les pase el enfado para que mamá esté bien también.

Espero que nadie lea esta carta porque te quiero decir que me ayudes a irme contigo. No quiero estar más en esta casa y quiero hacer como tu, irme a otro país. Espero que me ayudes a ir donde estás. Como no me has respondido a ninguna carta lo que haré será esperar un tiempo hasta que me respondas a mi carta, sino pues será que no quieres ayudarme o que no has recibido nunca ninguna de las cartas que te he enviado, así que me marcharé sola. No les digas nada a mamá y a papá, bueno, a mamá solo, no me acordaba.

PD: Por favor, ayúdame, anda.

Te quiere mucho, Estrella.

Vlixes

Viernes, 20 de Agosto de 2010

Como las aspas de un molino en un día de vendaval. Así gira el timón.

Montañas de mar golpeando el casco de madera. El sollozo rabioso de la lluvia. Los martillazos fríos del viento. Raíces de luz rasgando el cielo oscuro. El inmenso derrumbamiento de los truenos.
Atado con gruesas cuerdas, el primer oficial ve ante sí el Apocalipsis de un marinero.

Distingue a lo largo de toda la cubierta al resto de la tripulación, atados como él. Les ve abrir y cerrar la boca, arrugar la cara llorando, intentar ver entre la lluvia, gritar… pero el concierto desbocado de la naturaleza no deja que esos pavorosos gritos lleguen a su oído. Todos en esa centena de hombres están atados sin conseguir zafarse de sus cuerdas.

Los relámpagos más lejanos iluminan las escarpadas rocas de las que se devuelve plateados reflejos de escamas.

Sentado en la cama de su camarote, encorvado, los ojos cerrados, con las palmas de la mano en cada sien, apretando fuerte, el capitán intenta que su cabeza deje de palpitarle.

Los oficiales atados en el puente de mando ven como las gigantescas olas y las corrientes les llevan hacia las rocas, el timón no deja de girar mientras el viento comienza a arrancar los listones de madera peor colocados.

Entre todo el desgarrador ruido se comienza a deslizar una melodía cantada, tan suave como aterradora la canción comienza a tapar cada uno de los otros sonidos de la tormenta.

El capitán se levanta y con esfuerzo intenta salir del camarote, el pasillo asciende y desciende sin control, para caminar tiene que apoyarse en cada pared, cae varias veces hasta que consigue llegar a la puerta que lleva a cubierta. En su cabeza la melodía aumenta suavemente, no puede concentrarse en nada más.

Una montaña de agua cae, algunos de los tripulantes atados en cubierta salen despedidos hacia la oscuridad. La puerta que el capitán tiene delante suyo se abre y un río de agua salada le lanza hacia atrás.

En el puente de mando el primer oficial ve la costa ya muy próxima. En las rocas puede distinguir a cinco mujeres cantando, los destellos que reflejan los relámpagos aterran a los marineros, las escamas de la cola de las mujeres son un faro que les atrae.

La canción es lo único que hay en la cabeza de todos los tripulantes. El capitán ha conseguido salir a la cubierta y aferrándose con la fuerza de la supervivencia ha llegado hasta el mascaron de proa. Desde allí, con el mascarón debajo de él mira hacia las rocas y ve las figuras blancas y doradas que le cantan.

Él comienza a cantar con ellas, histérico, riendo a carcajadas mientras lágrimas como cerezas caen por su mejilla.

Al poco, las cinco mujeres dejan de cantar.

La tormenta cesa, el mar deja de arrastrarlos hacia las rocas y se alejan lentamente de la costa. Las cinco mujeres miran al capitán encaramado en el bauprés mientras sigue cantando, fuera de sí. Sigue cantando, grita alto, muy alto. La tripulación escucha como el capitán sigue cantando aquella horrible melodía mientras el mar se ha quedado en paz y el sol comienza a asomar entre las negras nubes.

Derivan mar adentro, la costa se va alejando, las mujeres siguen mirando al capitán. El capitán sigue cantando lo más alto que puede. La tripulación ve al capitán que no deja de gritar, sus cuerdas vocales se van desgarrando, la afonía llega y pasado un tiempo en el que no deja de suplicar cantando, abraza su garganta.

La última nube se desvanece, el sol irradia cada parte y a cada tripulante.

Todos siguen atados y el capitán sin voz intenta continuar cantando.

Pasan horas, ni una tizna de aire, el calor del sol abrasa, el capitán con la mirada perdida no escucha los lamentos de su tripulación que pide ser desatada.

Los lamentos cada vez más insistentes son lo único que escucha el capitán.

Mira hacia la costa, que ya no alcanza la vista.

Sigue mirando hacia la costa.

La tripulación gime.

El capitán salta.

Camino que camino.

Sábado, 11 de Julio de 2009

Ya fui ahí,
estuve y éxtasis
la misma arena,
el mismo suspiro.

Ya caminé, ya camino,
por las mismas serpientes de piedra
los mismos sabores,
tinta en el mismo vino.

Olvido como quien muere,
como quien todo tiene,
como quien desecha
de diario hoja secreta.

Trastiendas en el pecho,
de estantes desordenados,
frascos rotos, caducados,
abandonados.

Ya me perdí por la senda,
trasnochando entre ruidos,
encogido entre fresas
¿por qué la mueca pesa?

Caracolas y claqué
desperdigadas entre la niebla,
caracolas y minué
sencillo como la pena.

La piedra, el traspiés y los refranes.
La misma melodía desafinada, el mismo poema sin rima, el mismo olvido, el mismo fin.

Ritos.

Deseos.

Leyes.

Nadie.