Hola a quien lo lea.

Existen incontables experiencias que nos hacen evolucionar como personas, desde pasar un mes en algún país subdesarrollado ayudando en la educación de sus niños (te admiro Naui) hasta tomar un café con las amistades para relativizar puntos de vista. El cambio que se produce en nosotros fruto de la reflexión posterior al evento o a veces como un flash en el justo momento de la experiencia, una especie de revelación personal, es lo que nos hace crecer como personas.
En mi caso la evolución ha llegado de la manera más hormonalmente utópica existente, participar en una orgía. La adaptación cinematográfica del libro “El Perfume” requiere una escena final en la que 6.000 personas de un pueblo se lanzan a la adoración expresada con amor incondicional, tanto amor tanto amor que se acaba en cueros retozando pasionalmente.
Para realizar esta escena solamente son 750 personas que mediante una serie de gráciles “clicks” en ciertos ordenadores se convertirán en 6.000 personas en la película.
Antes del rodaje, como toda buena producción se realizan los ensayos, en ellos he aprendido más sobre la relación entre personas y sobre mi mismo, que al fin y al cabo es lo más importante.
Yo llegaba a los ensayos de la orgía con la tranquilidad de quien ha participado en la sesión de fotos Spenser Tunick y se ha empapado de la novela “Darkover. La torre prohibida” de Marion Zimmer Bradley, me sentía preparado para afrontar mis cachas al descubierto entre gente desconocida.
Seguro que tienes alguna idea, querido/a lector/a, de lo violento que es mirar a una persona a los ojos, normalmente no nos damos cuenta en una conversación pero hay ocasiones en los que consideramos a dónde estamos mirando a una persona mientras hablamos con ella y nos encontramos con su nariz, su entrecejo, o su boca…o una espinilla intrépida que destaca en su cutis. Si miramos a los ojos nos sentimos más incómodos que jugando al parchís en una noche de bodas.
Pues bien en los ensayos llegó el momento cúspide cuando nos comunicaron que nos pusiéramos en grupos de cuatro y nos tomáramos de las manos, cerráramos los ojos y escucháramos la música. La música es un eficiente narcótico que embalsama y lubrica sentimientos, los potencia y te los transmite suavemente. Poco a poco había que coordinar la respiración y olernos unos a otros, reconocernos por el olor (para mi sorpresa, conseguí identificar a mis tres compañeros). Con el tiempo que necesitáramos debíamos pasar a besarnos suavemente, poco a poco, el paso siguiente y para el que yo no estaba para nada preparado era el de abrir los ojos. Con esta acción la mentira consentida se desvanece, la ilusión de acariciar y ser acariciado por la oscuridad y la música se convierten en los ojos, caras y cuerpos de desconocidos en los que reconoces tu mismo estado asustado.
Hay que mirar nada más que a los ojos mientras acaricias a mujeres, hombres, chicas, chicos, abuelos y abuelas. La sensación de espanto avergonzado al juntarse todos los elementos de tabú sociales es indescriptible, estuve a un suspiro de marcharme. El último paso era desvestir a la gente, no puedes desvestirte sino que te han de desvestir, yo no tuve el valor de desvestir a nadie y casi tampoco el de dejar que me desvistieran. En los siguientes ensayos, se relajan todos estos nuevos sentimientos, la piel de gallina se alisa y el corazón deja de latir cual tambor de guerra pidiendo auxilio.
Los ojos, querido/a lector/a, tienen un poder de comunicación que no sospechas, en todo momento tenemos que mirar a los ojos, pidiendo permiso para interactuar con los compañeros de escena, en todo momento te ves rechazado, aceptado y esquivado diplomáticamente. No hay margen a la mentira con tus ojos, sí hay margen a la interpretación, pero esta se reconoce inmediatamente frente a la verdad. Es curioso las veces que he preguntado el nombre al acabar la escena a quien hacía unos segundos estaba acariciando la espalda, besando el cuello o mirando a sus bellos ojos. Es curioso…
La evolución en este caso no me ha llegado como flash en el momento de la experiencia, poco a poco entre descanso y descanso uno piensa en lo vivido y en sus reacciones, antes de dormir cierro los ojos y me sorprendo recordando no tener ninguna erección en las escenas porque no había nada de morbo en las relaciones que he mantenido con los compañeros, sino dulzura y cariño. También sonrío al recordar las incontables bromas hechas y recibidas, la carcajada de no poder abrir ese botón de la chaqueta o ese corpiño rebelde, cuantas cosas aprendidas. No hay cuerpos bonitos ni feos, no hay edades ni sexos, solo personas, solo miradas, solo bellos ojos. La sorpresa al ver a parejas que sin ningún tipo de celo comparten su amor y acaban la escena en un orgasmo simbólico de agradecimiento tras buscarse entre cuerpos sudorosos. La sonrisa se me dibuja sin pedir permiso al recordar lo vivido y lo aprendido, estoy lleno de agradecimiento por tantas cosas.
Aquí en el bolsillo traigo con impaciencia mi grano de arena, consiste en las fotos que con el móvil hice de los compañeros y compañeras de reparto, un saludo a todos. Siento que la calidad sea baja pero…no se le puede pedir más a mi móvil.
Hay dos maneras de bajarse las fotos:
Primera:
Bajándose este archivo y descomprimiéndolo después (es un .zip) –> Archivo fotos ensayos de El Perfume días 27 y 28 de Agosto del 2005
Segunda:
Apretando al botón derecho del ratón encima de cada una de las siguientes fotos y seleccionando “Guardar imagen como”. Mejor la primera opción pues esas fotos son con el tamaño original, las siguientes están reducidas para que quepan en esta web.
Cola para el desayuno:

Las contínuas esperas:

Capitana pirata y su doncello:

Otra de tantas esperas:

Sin miedo al calor:

Tres inocentes jovenzuelos:

Tres inocentes jovenzuelos libidinosos:

En el siglo XVIII también se leía:

Trabajadores recuperando horas de sueño:

El descanso del campesino:

Calentando motores:

Con los motores calientes:

En familia:

En familia numerosa:

El grupo madrugador:

El autobús que viaja en el tiempo:

Escena de los 150:

La siesta de la masa:

Un saludo.
