Así que a las 5:37 de una madrugada cualquiera…

Se despertó a las cuatro de la madrugada.

Aunque era más exacto que se rindió en el duelo con el insomnio y dejó al sofá enfriándose de soledad… a las cuatro de la madrugada. La batida había durado horas, buscando la posición ideal, bebiendo agua, imaginando con el techo como lienzo en la oscuridad de la noche, susurrando con los ojos cerrados letras enteras de canciones…
Aceptó su derrota y se enfrentó al deambular nocturno por su casa.

El estéril negro del cielo, sin los destellos de los pícaros ojos de los dioses. La inmensa colmena de hormigón duerme profunda, respira con cada coche solitario por la autopista, palpita con los lejanos golpes de las cargas de los camiones rebotando por los baches. Él se ha detenido en el comedor de su casa, escuchando, sin más.
Alguien con solidario insomnio regaba sus plantas, el sonido de las salpicaduras le recordaba a un alegre riachuelo de montaña. Entre asfalto y gente clasificada en edificios los vestigios de naturaleza llegan por imaginario asociativo, un aceptado placebo más.

Habría sido un buen momento para echar un cigarrillo, si fuera fumador. Era todo un símbolo literario, la soledad del individuo observando el entorno en el que vive. Observador adormecido a altas horas de la noche. La nostalgia por el sueño que olvidó. El vagar mental por las amistades que se echan en falta. Imaginar las vidas de los calzados que resuenan en la calle. Era un buen momento para fumar.

Decidió sustituir el cigarrillo por un flan de huevo, la mayor seducción que encontró en el haiku que era su surtido de la nevera. Se asomó a la ventana cuchara en mano, el frescor del aire viciado de monóxido de carbono y el rumor profundo del ronquido de la ciudad. Le enamoraba la ciudad dormida. Se dejó vagar entre los sabores del lácteo. El recuerdo de la oficina le violó la mente. Ya eran las cinco y media de la mañana, en dos horas debería salir hacia el trabajo para vaciarse tecleando frente a un ordenador.

Ciudad que reduce.

La madrugada de un viernes cualquiera, su día había comenzado sin terminar otro, era un jueves agónico, un jueves sin punto y aparte. Los recuerdos del anterior día no se habían desvanecido aún en su memoria y ya había otro día asomando su cabeza. Se avecinaba otra ración de prisas, multitudes, horarios, reuniones, plásticos, moquetas, despachos…

Trabajo que aliena.

Su viernes cualquiera, de una semana cualquiera, en un mes cualquiera no iba a comenzar así.

Así que a las cinco treinta y siete de la madrugada…

Un comentario para “Así que a las 5:37 de una madrugada cualquiera…”

  1. Fran dice:

    me tomo la libertad de comentarte sobre el texto, no lo he podido resistir…

    “… nocturno por su casa.
    El estéril negro de la noche, sin los destellos de los pícaros ojos de los dioses. La inmensa colmena de hormigón …”

    Esta frase queda muy metida con calzador y no conecta con la anterior ni la siguiente. Si el protagonista deambula por su casa no se está fijando para nada en los colores y ruidos de la noche

    … luego…

    “Se asomó a la ventana cuchara en mano, el frescor del aire viciado de monóxido de carbono y el rumor profundo del ronquido de la ciudad.”

    No se entiende la relación de asomarse con el frescor y el rumor.

    Ya no he tenido más tiempo mental para más, ni para aportar alguna solución. Aunque no me gusta criticar sin aportar, dejo escrita mi opinión (rudilííííííííííííi)

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